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UN VIEJO ESTANQUE (Libro en papel)

ANTOLOGIA DE HAIKU CONTEMPORANEO EN ESPAÑOL

UN VIEJO ESTANQUE
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Editorial:
EDITORIAL COMARES
Año de edición:
Materia
Poesía
ISBN:
978-84-9045-110-6
Páginas:
192
Encuadernación:
RUSTICA
Colección:
POESIA

UN VIEJO ESTANQUE (Libro en papel)

Sinopsis

Tras aceptar muy gustosamente la invitación queme dirigen los organizadores de esta antología de haiku, Un viejo estanque, para que escriba el prólogo, mi primera reacción al conocer el futuro libro ha sido la de admirarme por la cantidad de autores que han aportado sus colaboraciones en español -encontrándose entre ellos algunos nombres ya consagrados y de gran altura poética, aunque esto no sea lo más importante-, pues queda así bien representado todo el territorio de España y del habla española en general. No son pocos los haikus que nos han llegado de nuestros hermanos de «más allá del charco atlántico», e incluso los hay de países donde el español no es lengua oficial. A todos, nuestro agradecimiento, asegurándoles que sabemos apreciar sus logros.
Mi segunda reacción fue de perplejidad. ¿Qué decir en escasos folios de tanta y tan variada riqueza? El mundo del haiku envuelve muchos aspectos que se pueden tratar: ritmo, sentido de la naturaleza, palabra de estación, imágenes y metáforas, tipo de lenguaje, efectos sonoros... Y sobre todo, ¿cómo citar entre tantos autores solo a algunos, pasando de largo ante otros que también se merecen el honor de la cita?
Ya que toda elección supone limitarse en extensión de elementos, por tal de conseguir más profundidad en valores, he optado por ceñirme a un tema, y en torno a él hacer comentarios, que no citas. Y el tema es: «El haiku, la poesía de la sensación». O dicho de otro modo: «El haiku, breve poema sensitivo».
Las sensaciones humanas suelen clasificarse en cinco, siguiendo los sentidos corporales; a saber: ver, oír, oler, gustar y tocar. Éste, pues, va a ser mi itinerario, y me abstendré de citar nombres y poemas concretos. La ventaja para el lector puede ser la intriga añadida de ir descubriendo más sobre las alusiones que seguirán, a partir de mis palabras. (En mi descargo añadiré que considero inevitable hacer alusiones: para no hablar en abstracto, y especialmente por adelantarme a la posible crítica de que he escrito un prólogo ocasional y de compromiso, sin haberme leído la antología). Así pues, me adentro en mi itinerario.
ver: Creo que la vista es la «sensación reina» en una poesía eminentemente descriptiva, como es el haiku. Para escribir haiku haciendo ver realidades protagonistas de la vida, primero hay que saber mirarlas. Todo haiku es una cierta «instantánea visual», y asimismo una escuela de «cómo mirar». Y creo por mi parte que este requisito del acertado enfoque es omnipresente en la antología.
Más concretamente, y hojeando el libro, diré que veo novedad en la observación de que una amapola, aun siendo pisoteada, no pierde su color. Añadiré que el ojo del haiku no desdeña realidades a primera vista desagradables, como es la caca: si ésta se ve en el suelo dejada por un perro, y brilla con irisaciones de cobre bajo la luz del día, dicha apreciación se torna interesante. Hay otro rasgo destacable: la intención en la mirada; pues si un anciano mira la luna, convertida su expresión en la de un niño, la escena es digna de un haiku. Por lo demás, una persona ciega puede «mirar» el amanecer, si se deja guiar sinestésicamente por el canto de la alondra. Y también -para cerrar este apartado- es notorio que alguien vidente puede incurrir en error visual: si una «piedra», semisumergida en agua, de pronto parpadea y resulta que es un sapo.
Oír: Esta sensación puede abarcar tres aspectos: 1) la sonoridad rítmica propia de toda buena poesía; 2) los efectos onomatopéyicos, que de vez en cuando pueden aparecer; y 3) las alusiones a sonidos realizadas en el texto.
En cuanto a sonoridad rítmica, estos poemas suelen sonar armoniosamente; y los que se ajustan a la pauta silábica que considero aconsejable para el haiku (?(?)? /? /?) tienen un gran aliado en su misma métrica.
La onomatopeya no me ha llamado especialmente la atención en este poemario. Hay, sin embargo, procedimientos afines, como son las correlaciones de palabras; por ejemplo, un adjetivo y su diminutivo a continuación, como en un pregón de pescaderas: «¡Frescas, fresquitas!»; o bien mediante una expresiva repetición verbal: cuando aparece un perro triste que «ladra y ladra y ladra»; o jugando con verbos opuestos: «entran y salen», «se va, se queda»...
Las referencias a sonidos abundan, por el contrario. El sonido cobra protagonismo si lo único que se escucha es el chirrido de una cancela en las proximidades del invierno, o el goteo de unos árboles entre la niebla; o bien eventualmente el sonido resulta notable por su ausencia inesperada: no se escucha ningún gorjeo de avecillas en torno a un espantapájaros desvencijado; o bien sorprenden los efectos sonoros por su secuencia casual -tal vez causal- cuando sucede inmediatamente a un toque de trompeta el ladrido sobresaltado de un perro.
Oler: Hay asimismo un lenguaje de olores que se puede reflejar en el haiku. Así, por ejemplo, conocemos que los plátanos emiten un olor especial tras el crepúsculo, y que cuando se asienta la noche es notable el aroma desprendido del guano. Existen olores nobles característicos de lugares, como se nos dice en una enumeración de los propios de Kyoto. El olor puede hacer de guía, cuando en el senderismo es el último componente de una fila quien percibe el olor a tomillo recién pisado. Igualmente puede ser característico el olor a jazmín en una aldea dormida, donde el poeta no es esperado. El olor a su vez puede convertirse en llamada, cuando uno deja su actividad sedentaria y sale afuera al reclamo bienoliente de la tierra mojada.
Gustar: Se puede saborear el agua en el cuenco de las manos, y es una sensación muy de haiku la que aquí nos sale al paso, y que por cierto nos evoca al «haijin» japonés Santooka. El apetito es una manifestación del gusto, y en ocasiones puede sensibilizarnos -mediante la voz del haiku- ante los primeros brotes del melocotonero. Igualmente el apetito nos hace ver sin duda que en un racimo de uvas va una gota de rocío paseándose entre ellas. Puede también contemplarse la manifestación del apetito en el mundo animal, cuando unos caballos muerden gustosamente la hierba y se les oye masticar; igual ocurre cuando comen unos mastines, y se oye el crujir de los huesos que destrozan con sus mandíbulas.
Tocar: Las sensaciones táctiles están directamente relacionadas con la piel, y su mención nos suele estremecer, a veces de puro agrado. Así ocurre cuando en un ambiente de sequía viene una gota de agua a recorrernos la piel. Es asimismo grata la sensación de un copito de nieve que se derrite al calor de nuestra mano. La mano es a su vez protagonista de cierta escena en que una niña va contando monedas como si desgranara una mazorca. Puede darse una simbiosis entre elementos vegetales y humanos, cuando se nos dice que a la par con unos tomates que acusan el frío, van helándose los pies del caminante que por allí pasa. O bien hay cierta simbiosis entre la vida animal y la humana, cuando el haijin se siente feliz al dormírsele el perro doméstico sobre su

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